Por muy oscuro que parezca todo, siempre
habrá alguien dispuesto a escucharnos.
Esperaba con su sombrero negro y gastado bajo el destartalado
paradero de buses, la lluvia salpicaba en el pavimento y en los
neumáticos de los autos que corrían veloces por la amplia avenida de la
ciudad. Los ojos tristes y sin vida de Mauricio miraban los altos
edificios al otro lado de la avenida principal sintiéndose miserable.
Frente al semáforo un grupo de personas, separadas únicamente por la
distancia de sus paraguas, esperaban el cambio de luz para cruzar al
otro lado, cada una tenía su destino, algunas regresarían a sus hogares,
otras esperarían el bus o entrarían a una tienda, algunos hombres
solitarios se refugiarían en un café para combatir el frío. Mauricio
trataba de imaginar a donde irían esas personas, imaginaba sus vidas,
sus familias, sus sueños. Se sentía distinto a ellos, añoraba tener un
rumbo.